jueves, septiembre 18

PREMEDITACION

Algo me persigue. Digo algo porque no estoy segura de que sea alguien. Eso toma formas distintas, pero siempre desea saber lo que estoy haciendo, lo que pienso, lo que hago. No hay manera de quitar su vista de mis acciones, y de mis pensamientos.

Algo es rosa, por eso odio ese color y todo lo que tenga que ver con él (moños, niñas, mañanas). Hoy era un vestido, con calcetas dobladas y zapatos blancos; se adhería a mi piel tratando de arrancar las partículas de sudor que derramé al jugar a la pelota. Tengo miedo jugar a la pelota, miedo a verla venir hacia mi cuerpo, haciéndose cada vez más grande, más grande, hasta que logra reventar entre mis ojos. Algo pasa entre mi madre y mi vestido, es húmedo como los besos que contaminan mi cara con saliva.

Hoy algo está en mi madre y me observa mientras guardo mis juguetes en la cochera. Mi jueguete verde marca Ford Explorer, ella trata de indagar los olores que lo invaden. Quiere saber si he fumado, si ando de nuevo con esas amigas que me conducen al vicio. Algo tiene sentido del humor.

Muta y está en ese planeta rojo del que estoy segura que provengo. Ha ido hasta ahí, ha trasladado su terrenalidad con el fin de saber acerca de mi lugar origen. El planeta no es marte. El planeta es una célula como lo son todos los que forman el cuerpo del Gran Ser. Esto lo supe antes de que algo se enterara. Siempre supe que existe una partícula mayor que no es infinita, y que se subdivide en también un número finito de partículas, entre las cuales se encuentran los arrogantes humanos. Algo ya se enteró de esto, ya se enteró de casi todo.

No voy a dar aquí más información de mi procedencia, pero al decir que no soy de aquí es suficientemente absurdo como para que alguien lo crea, por eso lo digo, porque el mejor refugio de un secreto está en la boca de todos.

Me canso de algo, me canso tanto que lo he llegado a golpear, le he gritado, he huído de todas sus formas posibles y siempre me alcanza. Hace días pienso en matarle. Ya sé dónde está. Está en lo que me desespera. No se calla. Habla y habla estupideces. No me puedo comunicar a través de tanta basura. Algo me aturde, llena el aire de insensateces y palabras absurdas. Llena todo de soledad.

Estoy sola, lo sé. Estoy sola mucho tiempo. Tengo doce años. Las tardes se reducen ante mis ojos como una hoja que no sirve. Espero algo, y algo me espera; y esa espera me detiene, me detiene tanto que vivo la vida que no sé llevar. El problema es que en esta vida no existe un artefacto como el que yo necesito. Download Cerebral. Algo lo sabe y me presiona con los ojos para asegurarse que no haga nada hasta que tenga mi aparato. Tengo treinta años y el aparato no llega.

Se filtra en la sonrisa de mis amigos; son esos momentos insoportables cuando me ven esperando respuesta, esperando de mí lo que nunca podré darles, lo que no soy. Algo les hace creer que soy capaz de hacerles creer que soy maravillosa, entonces guardo silencio para que sepan que no soy. Algo me cuestiona en sus ojos, los calla. Quiere presionarme a que construya el aparato, lo sé. Quiere que renuncie a mi vida por insoportable. Orillarme hasta el abismo para que sepa que no tengo opción, que debo construirlo o morirme. He pensado bastante en esto último. Algo casi logra su objetivo.

Hay algo

que me dice que si destruyo todo y a todos, algo se irá. Pero abro bien los ojos y lo veo sonriéndome desde la figura de la virgen que une sus manos. Me habla desde el recibo de pago de mis honorarios. En la gente que reconozco en los restaurantes. Entre la gente, en los espacios que hay entre ellos. Ayer no existe.

Lo evito en sueños. Lo evito porque lo excito. Mi vida onírica es muy interesante, y mantiene a algo pasivo, sin intervenir en mi vida. Por eso cuando los recuerdo, algo se va. Por eso los recuerdo con frecuencia. Por eso me gusta tanto dormir durante largo tiempo. Dormida es el único momento en que soy libre.

Cuando estoy sola, saco mis muñecas del baúl que está a los pies de mi cama. Las acomodo y les invento historias. Duro horas haciendo eso, en completo silencio, para no llamar a algo. Pero luego crezco, y desde mi madre escucha cómo hojeo los libros en mi recámara, y me grita que me duerma. Quiere saber lo que pienso cuando leo, pero olvida que cuando está en mi madre, no puede saber lo que pienso. Casi nunca puede saber lo que pienso. Hace unos meses descubrió cómo.

Treinta años –me dice algo– y aún no has construído el aparato. ¿Qué cómo me lo dice? Por medio de este texto, a través de las letras que escribí en el renglón anterior. Por la escritura algo se comunica conmigo, y por más que trato de evitar su mirada tecleando sin parar en la pantalla blanca de sus ojos, algo logra transformarse en grafía y me reclama:

–No es escribiendo como lograrás tu misión –me dice–, tienes que construir el aparato.

Sí, lo acepto. Me gusta mucho la física. Ahora que estoy en la secundaria y, a pesar de mi desdén hacia las matemáticas, he descubierto que adoro la materia de física. Me encanta. Me he enamorado de la palabra Pascal. En la maestría que estudio, estoy leyendo un libro acerca de la Teoría de la Relatividad. Me alucina más que un psicotrópico. Vas bien –me dice algo en este texto–, lenta pero segura. No tardarás en construir el aparato.

Algo me invita a que lo imagine. Conexiones aquí, conexiones allá. Pequeñas trasquiladas en mi cabello para conectar las terminales. No, muy Total Recall. Un pequeño artefacto que se coloca en el oído a manera de auxiliar auditivo. Muy amenzante. Una pequeña pieza a manera de arete. Muy femenino. Intraocular. Peligroso y Caro. Intra... Ni lo pienses, además debe ser para ambos sexos ¿Entonces?

Ese es un problema de toda mi vida. Algo me dice lo que tengo que hacer, algo me presenta todas las posibilidades, algo me confunde. No hago nada.

Ya no lo aguanto aquí, en Tijuana. Ha aprendido a meterse en casi todas las cosas y personas. Por eso no me gusta salir. Por eso finjo que escribo o leo y paso días guardada, comiendo y durmiendo. Pues es peor cuando lo veo en ojos distintos, en paredes distintas, en distintos anuncios luminosos. Quedándome encerrada, lo veo siempre en los mismos y, de un modo u otro, me acostumbro a él. Pero no se calla. Por eso sé que lo voy a matar.
¿Se puede matar algo?

Creo que algo no muere, algo sólo se recicla. Algo se transforma. Aún así, tengo que hacer el intento, no puede exigirme lo que no puedo, no puede estar noche y día escuchando lo que pienso para juzgarlo. Algo debe morir.

Mi cerebro es un barro enorme que se llena de pus o pensamientos. Así camino y sonrío, y hago de comer y sonrío, y manejo mi auto y sonrío. Mi cerebro pesa demasiado cuando no lo dreno. Cuando no lo exprimo a través de mis dedos. Algo, en este momento me dice:

–Recuerda.

Sí, pero no sé cómo construir el aparato ¿Qué no entiendes? He visto películas cursis, como la de Contacto, en la que los extraterrestres se comunican con estos imbéciles (los humanos) y les envían un mapa para que construyan un aparato de tal modo que puedan transportarse a su galaxia.

Why the hell didn’t THEY come?

Si en mi planeta, todos usan ese aparato, no entiendo la absurda razón por la cual me mandaron aquí s-i-n u-n i-n-s-t-r-u-c-t-i-v-o. En realidad, hubiera sido más fácil.

Pero no, aquí estoy con casi treinta años, sin saber a ciencia cierta que hacer con la pus. Por lo pronto, la vacío aquí, aunque algo me diga que podría hacerlo con mayor eficiencia.

–¿No lo ves? –me dice algo– Serías millonaria (como si eso me importara). Harían un reality show de tus pensamientos.

–No me interesa. Esos shows me parecen patéticos.

–Entonces, ¿para que crees que sirven tus pensamientos?

¿Para que sirve pensar?

Desde hace siglos las personas se dedican a pensar. Incluso inventaron un nombre para esa actividad: Filosofía. Antes los tomaban en serio, formaban parte de la gente “in” de la sociedad. Pero poco a poco se dieron cuenta que esas personas podían existir sin tanto gasto por parte del Estado, pues no lo hacían por el pago, sino porque no podían hacer otra cosa. Eran socialmente inútiles a no ser por sus grandes ideas. El Estado necesitaba aún de ellos, aún lo hace, pues no se puede concebir una sociedad sino se concibe antes una idea de esta; pero no le gustó que fueran libres, de tal forma que les retiró los beneficios obligándoles a hacer lo que no sabían: trabajar; y si a pesar de esto, alguno de ellos sobresalía por tener ideas afines a los objetivos del Estado, entonces era adoptado. Los demás, debían continuar en su vida forzada para lograr que desistieran de sus ideas revolucionarias. Consumiéndoles el tiempo, les consumían todo (Es posible cambiar cada verbo de este parráfo al presente).

Algo me dice que el problema está en el tiempo.

–No seas inocente. El tiempo no lo es todo –me corrige algo–, es la exposición. Hoy en día no importa lo que hagas, eres importante por la exposición que tengas en el medio. No importa si lo que haces es bueno o es una estupidez, pero si lo colocas en todos los sitios posibles, si tu nombre aparece tantas veces como el de la marca de refescos cuyo nombre es una mezcla de cocaína y culo, entonces te reconocen. Si sales al lugar correcto tan sólo para que te vean. Si eres un idiota que permite que lo filmen tragando palomitas durante veinticuatro horas: eres famoso! y cada estupidez que digas será reverenciada. Eso es exposición.
El download cerebral es lo que te permitirá: exposición. Filosofía mediática. Acceso para ti y para todos esos bultos humanos a los que no les gusta trabajar, la capacidad de reinstalar el pensamiento como actividad remunerada en la vida cotidiana.

Y ese es mi problema. El sabotaje que algo hace a mi vida. Sé que lo que me dice no es posible. Sé que nunca aprenderé a construir máquinas receptoras de la energía emitida por las sinapsis en su movimiento. Sé que no puedo hacer otra cosa que anti-exponerme, pues no me gusta defecar y firmar el producto . Así que seguiré escribiendo en el silencio, a lo Emily Dickinson, hasta que me suicide (pero qué romanticismo!) . Tal vez tenga suerte y nadie encuentre mi computadora, o le entre un virus antes de que los hijos que no tendré intenten imprimir mis archivos.

Algo crece.

Ya es hora de dormir, es la frase favorita de mi madre cuando algo la posee. Entonces camina lentamente hacia mi cuarto y me grita que deje la revista, que ya es muy noche, que mañana tengo que ir a la universidad. Y voy, pero algo me dice que esa carrera no es motivante. Y algo, entre las voces de los estúpidos de mis compañeros de clase, me dice que tiene razón.

¿Por qué es la gente tan estúpida?

Me encanta esa palabra. E-S-T-U-P-I-D-A

Tengo treinta. El crecimiento de algo me hace saber que es tiempo que me retire del mundo. Que si no construyo la máquina, me volverá loca multiplicándose en todas las personas, en todos los ojos. Amenazándome que tendré que dormir más para evitarlo. Actualmente duermo casi diez horas diarias. El terapeuta lo llamaría depresión. Pero el terapeuta no sabe de algo. Nadie cree que algo existe. Ni siquiera alguien cree en algo.

Hay personas que tienen habilidades en algún órgano del cuerpo y no las llaman neuróticas. No lo es quien gana carreras porque no puede tener sus piernas quietas. No lo es quien vende millones de discos porque no puede dejar de gritar. No lo es quien se gana la vida operando seres humanos porque no puede dejar de cortar cuerpos. Yo no tengo un uso especial para los órganos externos de mi cuerpo, más que el común y corriente del ser humano promedio. Sin embargo, mi actividad cerebral es abrumadora, pero como vivimos en un mundo material, lo intangible no tiene validez, aunque sea lo intangible lo que hace posible la existencia de lo tangible.

Ayer, algo me dijo que no tengo remedio. Que puedo mitigar el dolor pasando horas frente al ordenador ( prefiero ese nombre para que se asemeje lo menos posible a un anglicismo), pero que no desparecerá hasta que sea capaz de librarme de todos mis pensamientos, y que conozco bien la forma.

Es verdad ¿Dónde estaría tanto loco, pusilánime, vividor, actor, drogadicto, etc., si alguien no hubiese construído la televisión? No imagino a, digamos, Verónica Castro, sentada con sus pechos enormes en la sala de su casa entrevistando a Raphael, por el gusto de hacerlo. No veo a Michael Jackson haciendo el moonwalk en su terraza o a Madonna besando a Britney Spears por el gusto de hacerlo (bueno, ahí quien sabe). Todos realizaron esas locuras de hablar solos, bailar frente a aparatos, hacer los peores ridículos simplemente porque estaban seguros de que alguien había inventado un aparato que lograría que millones de personas se enteraran de lo que les gustaba hacer. El aparato no es complicado. Es una cajita que puede variar entre las dos y las centenas de pulgadas, pero en sí no es tan complicado. Si eso es posible, algo es posible.

Pero como todo, primero sería utilizado para causas nobles, después, por los norteamericanos. Después leeríamos o escucharíamos (si no es que veríamos) el download cerebral de asesinos en serie, de burócRatas, de todo tipo de personajes absurdos ¿Qué estoy diciendo? Pues si el aparato es precisamente para eso. El blogspot es un ejemplo.El problema es que está escrito, y la lectura es una actividad de baja velocidad de consumo, por eso no tiene éxito masificado, y si se quiere lograr que la actividad del pensamiento se convierta de nuevo en una actividad aceptada como “actividad productiva”, debe primero tener sus quince minutos de fama en lo tangible actual.

Esto representa un gran problema para nosotros los que creemos que lo intangible es tan válido como lo tangible, pues queremos validarnos a través de los estándares de quienes criticamos (como el libro que leo: critica el desprecio del occidental con respecto a lo intuitivo del pensamiento y su obsesión por creer tan solo en lo que es capaz de comprobar, y luego presenta casos en los que estudian a los Maestros Zen en un laboratorio).

Entonces retiro lo dicho. Rechazo cualquier intento de validación del pensamiento por parte de la cultura mediática y me quedo en mi choza a ser de la últimas que hace del pensamiento una actividad. Es decir, me convierto personaje trágico (o en poeta).

Algo está aquí, toca mi cuerpo a través de la pantalla. Cierro los ojos.




No
te
acerques
a
mi
texto




Ella es pequeña. Tiene nueve meses. Todavía mama del pecho de su madre. Recuerda haber escrito este texto cuando tiene treinta años. La leche que fluye es lenta y rellena su estómago. Piensa en qué su madre no podrá escucharla nunca a través de esa barrera que se llama lenguaje. Sus pies están fríos. Su cuerpo tiembla, tiene veintisiete años. Vomita la leche y abraza al lenguaje. Algo la ve a los ojos. En ese intercambio de miradas, ella huye.

Algo la ayuda a que huya.

Algo la quiere para sí, sabe que es la única poseedora del secreto.

Ella sabe que no existe tal secreto, pero le sonríe.

Este no es un final. Algo siempre escucha. Algo siempre me mira. Algo siempre está.


My life is a tunnel; having no limbs, I try to “write my way out”.